Si de algo tenía miedo cuando todo empezó era de que te enamoraras de mí y que yo no sintiera lo mismo. Simplemente, me negaba a hacerle daño a mi mejor amigo de esa forma.
Y por eso debería estar contenta, no pasó. No te enamoraste de mí. No.
Pero yo sí, y no sabes cuanta rabia me da.
Si leyeras esto estoy segura de que me dirías “pero, ¿cómo sabes que estás enamorada?”. Pues es más fácil de lo que crees.
Me doy cuenta porque cada vez que me pasa algo bueno estoy deseando contártelo. Porque me encanta el aroma que dejas en la almohada después de pasar la noche. Porque cuando estoy mal, daría lo que fuera por un abrazo tuyo. Porque cuando pienso en ti se me escapa una sonrisilla tonta. Porque añoro nuestras charlas nocturnas interminables, porque antes lo eran.
El simple hecho de imaginar que todo esto pueda acabar hace que se me caiga el mundo encima, pero no puedo seguir así toda mi vida. Lo siento pero no puedo. Necesito a alguien que sienta lo mismo que yo, y aunque antes lo creía, ahora puedo decir que dudo que lo sientas, y digo dudo porque me duele decir que no lo sientes, no porque mi pensamiento sea verdaderamente dubitativo. ¿Y sabes por qué lo sé? Porque una persona que te pregunta cómo se sabe si se está enamorado, lo puede hacer por dos razones: porque nunca lo ha estado, o porque le asusta reconocerlo.
Antes creía, o quería creer, que tu caso era el segundo. Ahora no creo lo mismo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario