Y el momento llegó. Al fin y al cabo, ya había pasado mucho
tiempo sin que pasara nada. Lo que les hacía diferente pareció esfumarse sin
motivo aparente. Quizás el motivo se escondía en el hecho de que ellos ya no
eran los mismos. No por separado, si no como una sola persona.
Ya no había sonrisas tras miradas cómplices. Ya no tenían
secretos que compartir. Ya no saciaban su sed con un simple beso. Ya no
dibujaban sueños en sus espaldas. Ya las “buenas noches” no cobraban sentido,
porque ya no eran sinceras.
El miedo a que algo cambiara provocó que nada fuera igual. Y
fue justo en ese instante, en ese preciso instante, cuando ambos se dieron
cuenta de que nunca les había asustado la idea de dar un paso más: les asustaba
que ese paso pudiese conllevar a perderse el uno al otro.
Y fue así, sin más. Fue así como ambos separaron sus
caminos, sin ni siquiera saber lo que les podría haber deparado un camino
juntos.